lunes, 12 de marzo de 2012

Un par de buenos muchachos


Click en la foto para leer la nota completa publicada en FIN
“Nadie está siempre en la cima”, anunciaba la frase promocional de la película Casino, allá por 1995. Extraña paradoja: el ganador del Oscar al mejor actor por Toro salvaje, y el galardonado como mejor director (BAFTA) por Buenos muchachos, han permanecido por décadas en la cumbre del buen cine.
Hoy, a treinta y nueve años de su primer film juntos (Mean Streets), se rumorea que la dupla Scorsese – De Niro ataca de nuevo. ¿Otro éxito? Dudo que este film quede librado a su suerte. El azar sólo le pertenece a las fichas que caen por los tragamonedas del Tangiers.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Tahití
Cuento de Eduardo Poggi
Publicado en Suplemento Cultura de Perfil


Gracias, Yamila Scala, por la hospitalidad de Perfil.

Click en la columna de la izquierda, "Mis cuentos publicados", Tahití, para leer la versión publicada en la Revista Axolotl ,

jueves, 27 de octubre de 2011

Cuatro cuentos en BNTB
de Eduardo Poggi

clic en la foto para acceder a los cuentos

Códigos de vida, El reencuentro, Un cambio de vida y La madriguera.


Gracias, Sergio Gaut vel Hartman, Claudia Cortalezzi y demás miembros de BNTB, por la hospitalidad.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Revista NM #16
Número aniversario

Ciencia Ficción, Fantasía y Terror
clic en la foto para acceder a la hemeroteca
Cuatro cuentos que recomiendo:



El tipo de Marcelo de Marco
Detrás de la puerta de Sergio Gaut vel Hartman
Sombras en la oscuridad de Ma. del Pilar Jorge
Argentina potencia de Ricardo Giorno

Agradezco a NM y a Santiago Oviedo la publicación de mi cuento Hugy.
Un privilegio estar junto a estos autores.
Beltene 2010

domingo, 4 de septiembre de 2011

Invitación



Invita a la presentación del thriller



VICTORIA ENTRE LAS SOMBRAS

Una novela de
Marcelo di Marco

Lunes 26 de septiembre – 19:00
Centro Cultural General San Martín
Sala D
Sarmiento 1551


Todo empezó como una inocente aventura.
Pero ninguno de los dos podía sospechar el horror que los esperaba.


martes, 28 de junio de 2011

Razones de un homicidio
Novela inédita de Eduardo Poggi



Capítulo 28 (último)




Pablo sacaba el boleto de regreso a Buenos Aires, y al mismo tiempo Matilde entraba en San José.
El aroma a incienso era más picante que de costumbre.
Seguramente, pensó Matilde, para tapar el olor a cebo de las velas encendidas.
Se arrodilló en el reclinatorio del confesionario, y enseguida se descorrió el velo: el curita nuevo hacía buena letra y respetaba los horarios para celebrar el sacramento.
—Padre, vine a confesarme porque he pecado.
—Te escucho, hija.
—Nunca imaginé que le hacía tanto daño a mi nieto dándole órdenes, Padre.
—A veces es necesario dar órdenes.
—Sí, Padre, lo sé. Pero mi nieto sufre porque cree que una mentira suya fue la causa de la muerte de su madre. Y siento culpa.
—Nosotros apenas vemos algunos árboles, pero el Señor ve todo el bosque. Y si ése ha sido su deseo, Él tiene sus razones. Razones que, con el tiempo, vas a comprender.
—Como mi nuera, Padre, que no comprendía que el odio no es bueno, que se vuelve contra uno.
—Así es, hija.
—Padre, siento culpa como si yo hubiese matado a mi nuera. Ahora me siento culpable, Padre. Si yo no hubiera encerado tanto la escalera, mi nuera no habría muerto.
—Hija mía, no te culpes. Todo ha sido una desgracia. Hay una gran diferencia entre ser responsable y ser culpable.
—Pero, Padre, le ordené a mi nieto que mintiera, enceré la escalera y, sabiendo que no le agradaba, esperé a mi nuera en su habitación junto a su marido. ¿Eso no es pecado, Padre?
—Mentir y hacer algo desagradable para otra persona son actos humanos que con las oraciones de una buena feligresa como vos, te redimen de todo pecado. Ve con Dios, hija.
—Gracias, Padre. ¿Ni siquiera me da una penitencia?
El sacerdote hizo una mueca como restándole importancia, alzó la mano por encima de la cabeza de Matilde y pronunció la fórmula de la absolución.
Matilde lo saludó, pasó frente al sagrario, hizo una reverencia al Santísimo, se persignó y dejó atrás a un grupo de feligreses que oraban. 
Volvía a la que ahora era su casa. Junto a su hijo y su nieto.
Tranquila con ella misma.
Recordaba la pregunta de Claudia: “¿Nunca pensó que algún día alguien puede matarla?”
Parece que fue ella la que no lo pensó. Le dije: yo no aviso.
¿Para qué le sirvió tanto odio? El odio no es bueno, y se volvió contra ella.
Pobrecita, la nena. Decía: “Hay que saber utilizar las fuerzas del oponente”. Justo. ¡Era tan previsible! ¿Habrá pensado que Coca y la gente del correo no iban a hablar conmigo? ¿Habrá pensado que ella tenía más influencia sobre Julián que la que tenía yo? Este chico es de mi palo: le pido con cariño que le mienta al psicólogo, y él obedece como un perrito.
¡Pobre imbécil, la Claudia!
Nunca se dio cuenta de nada. Eso lo comprendí el día en que encontré su diario personal en la valija, después del “accidente”: la imaginación, su perversa imaginación suponiendo el incesto de Julián y Franco, el incesto conmigo.
Menos mal que no le di el diario al Inspector: de alguna manera, me hubiera incriminado.
Su mente podrida, imaginándome metida en lo que no me importaba, la sacó de sus casillas.
Y resbaló.
¡Mi Dios! ¡Qué idiotez resbalar por la escalera! ¡Y tres veces, nada menos!
Ella sospechaba, lo hablaba con mi Franquito. Pero... él también es de los míos.
Tres caídas. Y la tercera fue la vencida. Fue la última.
Sólo un poco más de cera que lo habitual, y listo el pollo.


Matilde caminaba bien erguida. El caso se había cerrado ante los hombres y ante Dios. Sólo necesitaba seguir caminando entre la gente. Como todos los días.

martes, 21 de junio de 2011

Razones de un homicidio
Novela inédita de Eduardo Poggi



Capítulo 27



Al subir la escalinata, Pablo sintió la misma sensación que en el encuentro anterior.
Esta vez fue la vieja quien los recibió.
—¿Cómo le va, Inspector?
—Y… Ya me ve, Matilde: de nuevo en la lucha —señaló a Pablo con el dedo—. No hace falta que le presente al primo de la occisa.
Pablo sintió que Matilde lo miraba con asco.
—No, hace tiempo que nos conocemos. Además, ayer estuvo por acá.
—Seguro que para hablar de lo mismo que ahora.
—Y...  sí. Con lo que ocurrió, ¿de qué otra cosa vamos a hablar?
—Señora Matilde: ¿podemos conversar unos minutos con Julián? Apenas un par de preguntas.
—¡Juliancito! —gritó la vieja en dirección a los cuartos.
Pero “Juliancito” no salió solo. Y pronto se sentaban los cinco alrededor de un tronco seccionado que hacía de mesa. Matilde ofreció café. Franco y Julián no aceptaron. El Inspector y Pablo sí.
Pablo decidió cerrar la boca y dejarle al Inspector todas las preguntas.
—Julián... ¿recordás la visita que hiciste con tu madre en Buenos Aires?
Directo al grano, pensó Pablo.
—¡Cómo para olvidarla!
—¿Por qué? ¿Hubo problemas?
—El problema fue ir.
—¿Te molestó ir al psicólogo?
—Me molestó ir, y con mi mamá —Pablo creyó ver sorpresa en la cara del Inspector.
—¿Tenías algún problema con ella?
—¿Algún problema? Todo era un problema con ella. Ella misma era un problema. Mi problema. Nunca le importé. Yo siempre fui un muñeco en esta casa, y no sólo para… para esa. Obedecer, obedecer, obedecer. Así es mi vida. —Y Julián agregó con tranquilidad—: Pero ya queda uno menos.
Un hijo liberado por la muerte de la madre. Lo que Julián había dicho daba para pensar que podía ser el homicida, que su familia trataba de protegerlo. Pablo pensó que el Inspector debía creer lo mismo. Lo verificó enseguida.
—“Queda uno menos”... —repitió el Inspector—. ¿Qué significa exactamente eso para vos?
—Eso... uno menos. Que ahora quedan la abuela y papá para ordenar.
Pablo vio que Franco se daba vuelta y alcanzaba el revistero. Sacó un diario cualquiera, un diario viejo, y se puso a hojearlo en medio de la reunión. En cuanto a Matilde, se levantó y se metió en la cocina.
—¿Recibís muchas órdenes?
—Siempre me están ordenando. Todos. Bueno, mamá ya no puede. Pero ahora papá me sigue ordenando, la abuela me sigue ordenando.
Matilde volvió de la cocina con un vaso de agua.
—¿Y vos, Julio? —dijo el Inspector—, ¿vos qué hacés?
—Julián —corrigió Julián.
—Bueno, Julián. ¿Vos qué hacés?
—¿Yo? —Julián se señaló el pecho con el pulgar—. Yo obedezco. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Obedezco y punto.
—Juliancito querido —dijo Matilde, nerviosa, al tiempo que le ofrecía el vaso a Julián—. Tomá el agua que te va a hacer bien.
—No tengo sed, abuela.
—Tomala —insistió Matilde con el vaso en la mano—. Tomala que necesitás un respiro.
Julián miró a la abuela. Después miró el vaso con agua. Y volvió los ojos otra vez sobre la abuela.
Pablo vio que el Inspector no se perdía un detalle de la escena. Jugó a adivinar su próxima estocada.
Julián, finalmente, tomó el agua y volvió a mirar al Inspector.
—¿Vos, Julio, tuviste algo que ver con la muerte de tu mamá?
Más que una estocada, pensó Pablo, aquello había sido un garrotazo en la cabeza.
—¿Y qué le parece? —dijo Julián, como sugiriendo que la pregunta pecaba de boluda—. Claro que tuve que ver. No iba a hablar. Pero mamá, antes de entrar al psicólogo, me alentó: vos comentá lo que quieras, me dijo. Ahí está: dije lo que quise, y se hizo mierda en la escalera.
Este es una canilla abierta, se dijo Pablo, admirado. Miró a Matilde al mismo tiempo que lo hacía el Inspector. Pablo la vio nerviosa. Pero, la verdad, la vieja tenía un temple a toda prueba.
—¿Y el abuso que le confesaste al psicólogo: quién lo hizo?
Bueno, pensó Pablo, el Inspector reemplazó el garrote por la guillotina.
Franco tiró el diario al costado del revistero, se levantó. Y le dijo a la vieja estas palabras memorables:
—Mamá, me voy a pescar.
Todos lo miraron irse hacia la casa.
—Me parece que ya es suficiente cháchara —dijo Matilde mientras se levantaba de la silla—. El chico ya ha sufrido bastante como para que lo sigan molestando. ¡Qué abuso ni qué ocho cuartos!
—¿Abuso? —dijo Julián—. Eso fue un invento para que mamá se desequilibrara. Pero, mire cómo terminó: cayéndose por la escalera. Sola. Como siempre estuvo. Como la pelotuda de costumbre: queriendo cambiar todo lo que ocurría a su alrededor, sin preocuparse por lo que pasara con ella o conmigo.
Pablo lo miró al Inspector. Intentaba transmitirle que ya era suficiente. No hubo caso: el Inspector estaba decidido a lanzar artillería pesada.
—¿Qué querés decir con: “Eso fue un invento para que mamá se desequilibrara”?
—¿No está claro, señor? —dijo Julián con tono desafiante.
—No. No está claro —la voz del Inspector sonó autoritaria.
—En esta casa eran tres los que me daban órdenes. Ahora son dos. ¿No se lo dije, ya?
La sien del Inspector palpitaba. Se quedó mirando fijamente a Julián. Hizo una pausa. Y el silencio profundo marcó aún más el crescendo que a Pablo le parecía salido de un amplificador.
—¡Me lo dijiste! —agregó, seco—. ¡No des más vueltas, pibe! ¡Contestame la pregunta! ¿Qué quisiste decir con: “Eso fue un invento”?
—En esta casa, señor —dijo Julián—, cada uno hace la suya. Cada uno tiene su verdad. Cuando mamá me dijo que debía contarle la verdad al psicólogo, yo le pregunté si debía contarle la verdad de ella, la de papá o la de la abuela. “La que quieras”, me dijo mamá. Y yo obedecí, señor. Obedecí como siempre: dije lo que me ordenaron decir. ¿Se acuerda que recién se lo conté?
—¡Me acuerdo perfectamente! —el Inspector tenía a Julián contra las cuerdas—. ¿Quién te ordenó decirle al psicólogo semejante barbaridad?
Julián miró a su abuela, bajó los ojos y se encogió de hombros.
—¡Bueno, basta! —intervino la vieja Matilde—. Andá, Juliancito. Andá a tu pieza. Ya está bien.
Julián obedeció como un zombie.
—Usted sabe, Inspector —siguió la vieja cuando vio que el chico había entrado a la casa—. La relación de Claudita con todos nosotros no era buena. Agréguele que se fue a Buenos Aires como si ella fuese la dueña de Julián. Como si Julián fuera una cosa que ella podía manipular a su antojo. Me provocó tanta rabia que quise molestarla, y le pedí a Juliancito que dijera eso... Bueno, usted sabe... lo del abuso.
Al Inspector no le quedó más remedio que asentir: la vieja era repugnante, pero eso no la hacía culpable del accidente.
—¿Alguna otra lindeza que merezca la pena comentar, señora Matilde?
Pablo pensó que el Inspector había hecho la pregunta para dar por terminada la reunión. Como si hubiera comprendido que no tenía sentido seguir presionando. Pero la vieja sabía lo que hacía:
—¿Usted cree, Inspector —dijo— que lo de Claudita puede haber sido un suicidio?
¡Qué vieja rata hija de puta!, pensó Pablo, seguro de que el Inspector sentía lo mismo.
Pablo quería irse. Quería irse a su casa. Quería irse a cualquier lado. Quería cualquier cosa menos estar ahí, respirando el mismo aire que aquella víbora.
—No. No lo creo —dijo el Inspector, al mismo tiempo que se levantaba. Y le preguntó a Pablo sin saludar a la vieja—: ¿Lo acerco, Casati?
Pablo comprendió que el Inspector estaba tan hastiado como él, y que también quería irse cuanto antes.
—A mi casa. Gracias.
—A mí —dijo Matilde—, ¿me puede dejar en la parroquia?
El Inspector no contestó: sólo afirmó con la cabeza.
¿Parroquia?, pensó Pablo. Parece que ésta necesita descargar su conciencia. 



 Dejaron primero a la vieja. Rumbo a la casa de Pablo, pasaron por la terminal de autobuses, bordearon la plaza San Martín. Antes de llegar, Pablo miró al Inspector, levantó las cejas y lanzó un largo suspiro de alivio.
—¿Fue duro, eh? —dijo el Inspector—. Lamento los malos momentos que le hice pasar, Casati. No debió ser nada agradable para usted revivir la muerte de su prima.
—Nada de todo esto fue agradable —Pablo carraspeó—. Incluso para usted, Inspector.
—Sinceramente, tampoco para mí. Aunque, yo debo cumplir con mi trabajo. Pero usted, Casati, se la llevó de arriba. Mire que sugerir un suicidio… Hasta después de muerta quiso ensuciarla. Lo lamento. De verdad, Casati, lo lamento. Pero siempre queda el consuelo de pensar que todo accidente es penoso, que sucede en las mejores familias.
—Y ahora, Inspector, ¿qué piensa hacer?
—Necesito un trago. Así que me voy al pub en busca de un buen whisky. Y usted, ¿qué va a hacer?
—Yo quiero pegarme un baño, y después me voy a sacar el pasaje. Quiero llegar rápido a Buenos Aires para reunirme con Elisa. Necesito descansar  en Josepás. Necesito pasar unos días en familia. Con mi esposa, mis hijos, mis nietos. En Josepás todavía puedo ver el cielo azul, pájaros, flores y mariposas durante el día. Y en la noche infinidad de estrellas, bichitos de luz.
Pablo sintió que se sonrojaba: acababa de evocar, ante el Inspector, la nostalgia de su infancia, la intimidad de sus días y noches en Josepás. Pero ese hombre de armas le sonreía comprensivo.
Antes de que él bajara del auto, se estrecharon la mano, quizá por última vez.

continuará